domingo, 6 de junio de 2010

LA VERGÜENZA DE PERTENECER A LA RAZA HUMANA

Publicado originalmente en las cartas al director del diario Menorca y del Ultima Hora. La masacre en esta semana de al menos nueve cooperantes por parte del gobierno de Israel me ha provocado la peor repulsión que he podido sufrir nunca. Repulsión ante los pocos escrúpulos de un estado que se dice amenazado por el (supuesto) terrorismo de Hamas, pero que sin embargo ejerce desde 1948 (con el asesinato del conde Bernadotte) el más cruel y sanguinario terrorismo que jamás se haya visto en nuestro planeta. Repulsión ante la poca vergüenza de justificar semejante masacre como respuesta ante armas tan mortíferas como maquinillas de afeitar y bolsas de canicas. Repulsión ante una impunidad jamás vista, amparada por la complicidad de la ONU, que al igual que Batasuna, es incapaz de condenar un acto terrorista de este calibre (no olvidemos que en esos barcos sólo había alimentos y medicinas para un pueblo que vive en la precariedad más absoluta). Repulsión ante una nula respuesta internacional, que va más allá de toda lógica, y mucho más si la comparamos con la reciente respuesta a la piratería en las costas de Somalia: si los piratas son cuatro somalíes muertos de hambre, ¡mandemos treinta fragatas! Pero si los piratas son soldados israelíes, basta con una ligera reprimenda... Repulsión ante la frivolidad de las personas que olviden todo esto en un par de días sin dignarse siquiera a imaginar cómo se hubieran sentido en el caso de que entre los asesinados hubiese un hijo propio, sin más delito que ayudar al prójimo. Repulsión ante mi propia respuesta al suceso, que se reduce en escribir unas pocas palabras para aliviar una indignación que va más allá de las palabras. Lo más triste de todo esto es que, amparado en la impunidad y en la carencia de escrúpulos, sólo es cuestión de tiempo volver a ver al estado de Israel atentando no contra palestinos, sirios, turcos o quien se le ponga por delante, sino contra la dignidad de la raza humana, de la que, dicho sea de paso, ya me avergüenzo de pertenecer.